• Sílvia Pérez

viajes terapéuticos: libertad vs control




Todos los viajes que hago son terapéuticos para mí. Suelo elegir destinos cuanto más lejanos a mi cultura mejor para nutrirme de otras realidades e incorporar nuevos paradigmas. La pobreza es algo que acostumbra a acompañarles pero este último viaje, además de por la pobreza, me ha impactado por la restricción de la libertad que he percibido en los locales que he ido conociendo a través de cada mirada contenida, de cada gesto cómplice que sin desvelar nada explícito está cargado de contenido, en cada silencio deliberadamente elegido...


Como siempre, me ha apasionado adentrarme en sus historias personales, en sus conversaciones repletas de conocimiento y cultura, en sus sentires cargados de coraje e instinto de supervivencia. Pero ha habido una parte realmente amarga al ir desenmarañando entre líneas la cruda vivencia que se revela de la realidad en la que están inmersos. No se trata de lo que dicen porque suelen jugar inteligentemente con la ambigüedad, sino de lo que te transmiten cuando hablan y cuando callan. No es explícito y sin embargo se hace evidente. Y justamente esto último es lo que para mí lo llena de crudeza.


Aunque hay una clara diferencia generacional en los discursos de cada quien, donde los jóvenes son más críticos con el sistema y apuestan por un cambio y los más mayores tienden a mantener una visión más conservadora y conformista... En ambos casos se acaba haciendo evidente la vivencia del control externo, el miedo, la extrema precaución ante el ojo que todo lo ve, y sobre todo la constricción percibida y asumida ante la imposibilidad de modificar la propia vida.


Esto me ha hecho plantear la importancia de sentirse libre para determinarse en el mundo, para motivarse al contemplar posibilidades de cambio o mejora. El problema radica cuando necesitamos de un control externo para regularnos internamente. Y hay mucha personas con las que he hablado, en este caso generaciones nacidas antes de los años 50, que temen un cambio porque entienden que eso implicaría perder esa seguridad social que tanto valoran: entrada de delincuencia, violencia, incultura, etc. Y considero que en parte esta reflexión es certera porque para que la apuesta por el desarrollo y la apertura hacia el mundo fuera constructiva debería ir acompañada de una consciencia social e individual de autogestión. Y desgraciadamente, el ser humano en la sociedad de hoy (de cualquier color y bando del que estemos hablando) todavía tiene dificultad para autoregularse sin necesitar un control externo que lo haga desde fuera.


Pero la salida tendría que ir por ese camino. No se trata de implantar seguridad desde el control externo, se trata de cultivar mentes pensantes y, sobre todo, personas emocionalmente conscientes para regularse autónomamente por ellos mismos. Claro que estamos hablando de términos complejos dentro de una maraña compuesta por muchos otros elementos que tendrían que ir de la mano y que no siempre es sencillo. Pero este viaje me ha desvelado lo crudo de vivirse sin opciones, sujeto a una estructura ajena en la que perteneces y sin embargo no puedes influir en ninguna de las maneras.


Y ello me lleva a agradecer la libertad que podemos ejercer en nuestro sistema, por muchas otras limitaciones que tenga. Y a ejercerla desde el compromiso de vivir con menos, acotar nuestro consumo a baremos ajustados a lo que necesitamos, a colaborar más en comunidad y desafiar esta tendencia individualista que nos va impregnando cada día más y a implicarnos con el mundo social y ambiental para que estas realidades de nuestros vecinos y del mundo que habitamos sean más favorables.



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