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  • Sílvia Pérez

Emociones: ¿buenas o malas?





Las EMOCIONES son estados del ánimo que forman parte inherente de la especie humana. A nivel etimológico la palabra emoción proviene del latín 'e-motio' ('movimiento hacia') lo que significa que en toda emoción hay una tendencia a moverse en alguna dirección con una determinada finalidad. Esto se relaciona con lo que comentaremos más adelante respecto a que las emociones básicas son fundamentalmente adaptativas, todas cubren una función y nos empujan a tomar una serie de movimientos con tal de salvaguardar nuestra supervivencia.

A pesar que juegan un papel imprescindible en nuestra vida, no hemos aprendido a prestarles suficiente atención. Es por ello que en consulta nos encontramos con muchas personas que tienen dificultades para identificarlas y, consecuentemente, poca capacidad para poder regular sus estados emocionales, así que vamos a dedicar un espacio del blog a clarificar algunos conceptos.

¿Hay emociones buenas y malas?

No existen emociones buenas o malas, todas tienen su función. La distinción que se hace es en base a la sensación de placer o displacer que produce, diferenciando entre emociones positivas (esperanza, seguridad, ternura, alivio, amor, euforia...) y emociones negativas (vergüenza, nostalgia, desilusión, culpa, envidia, rechazo...).

¿Cómo clasificamos las emociones?

  • Primarias. Son aquellas emociones innatas (no adquiridas) que aparecen en los primeros años de vida. Las compartimos con toda la especie humana con independencia de género y cultura y también las poseen los mamíferos superiores. Presentan rasgos faciales característicos y son consecuencia de un sistema fundamentalmente adaptativo que se activa de forma automática frente a un determinado estímulo. Se trata de la alegría, miedo, tristeza, rabia, asco y sorpresa. Por ejemplo, sentir miedo cuando alguien nos amenaza o sentir alegría cuando alguien que apreciamos viene a visitarnos.

  • Secundarias. Se derivan de emociones primarias y surgen como reacción a los pensamientos, emociones y conductas que se han activado con estas emociones primarias. No presentan necesariamente una tendencia a la acción ni reflejan rasgos faciales característicos. Aparecen a medida que crecemos, a partir de cierta maduración neuronal y desarrollo cognitivo de nuestro cerebro y como consecuencia de la socialización. Un ejemplo sería sentirse culpable por haber sentido miedo cuando considera que otros actúan con más valentía en este tipo de situaciones.

  • Instrumentales. Son emociones que se usan para conseguir determinadas metas. Algún ejemplo sería cuando se recurre al enfado para dominar al otro y que sucumba a tus deseos, o utilizar el llanto para conmover y que no te siga manifestando su desacuerdo, etc.

¿Se pueden eliminar o controlar?

Se da un error de concepto cuando muchas de las personas que acuden a terapia piden controlar sus emociones, viviéndolas como algo destructivo que hay que eliminar. Es indiscutible que algunas de las emociones vividas con intensidad resultan molestas, pueden perturbar el equilibrio de quien las está sintiendo. Pero si tiramos del hilo no es la emoción lo que daña a la persona, sino cómo la persona vive y gestiona lo que está sintiendo. De hecho, las emociones nos aportan información valiosa sobre nosotros, sobre lo que nos ocurre y esto nos ayuda a dar un significado a nuestras experiencias. Con lo cual, el problema no está en el sentir emociones, sino cómo regulamos y damos salida a lo que sentimos, es decir, la forma de actuar las emociones.

Pondré un ejemplo:

Imaginad la situación en que una persona lleva 20 minutos haciendo cola para entrar al cine y viene otra persona que se cuela delante. Es probable que esta situación le conecte con rabia, tomando conciencia del conflicto y guiándola a defender sus derechos. Hasta ahí estamos hablando de un proceso interno que es natural y saludable. El aspecto diferencial va a ser cómo dote de sentido, elabore y finalmente maneje conductualmente ese estado de rabia, lo que evidenciará si está teniendo una gestión funcional o no. Es decir, imaginémonos que sentir rabia en esa situación impulsa a la persona a agredirle; Este sería un ejemplo de cómo la rabia (emoción) se traduce en AGRESIVIDAD (conducta) lo cual en este caso no sería una forma funcional de gestionar la rabia. Otra posibilidad sería que a pesar de sentirse muy molesto con la situación, la persona considera que debe reprimir la rabia para evitar cualquier tipo de confrontación adoptando así una conducta PASIVA. Esta conducta podría deberse a que, tras un proceso reflexivo en el que concluye que no le merece la pena, elige libremente (no por evitación) no tomar ninguna acción, y en este caso podría ser una respuesta también funcional. Pero no lo es cuando esta conducta se explica por una represión de lo que está sintiendo ya sea por miedo, por creencias, por falta de autoestima... De hecho, sí este es un patrón habitual frente a las actitudes abusivas del otro, puede desembocar incluso en procesos depresivos. Y otra opción sería que, tras conectar con lo que está sintiendo y analizar la situación, tome la decisión de expresar a esa persona su posición y ponerle límites de forma ASERTIVA (conducta).

Como vemos, en los tres casos de un mismo escenario la EMOCIÓN es la misma y es adaptativa, pero la forma de gestionarla es lo que pone de manifiesto quién tiene o no una buena regulación emocional.



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