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  • Sílvia Pérez

CRIAR HIJOS AUTÓNOMOS









En toda persona existen dos necesidades afectivas básicas: la de PERTENENCIA (o intimidad) y la de INDIVIDUACIÓN (o autonomía).


Con la de pertenencia nos referimos a la necesidad de sentir que formo parte de algo, de ser aceptado como sujeto en la interrelación que establezco con los otros. La individuación se refiere a la necesidad de autonomía, de descubrir tu propia identidad de forma libre, al margen de la influencia y/o expectativas de los otros. Tanto la necesidad de pertenencia como de individuación son interdependientes una de la otra y son necesarias para la construcción saludable del individuo.


Stierlin expresa que "el aislamiento se concilia con la comunidad, la individualidad con la solidaridad y la autonomía con la interdependencia”, y es que ambas son dos caras de la misma moneda, complementarias e indispensables en la totalidad. Es importante que uno mismo se sienta legítimo a la hora de construir su 'sí mismo', así como que se sienta aceptado dentro de las relaciones significativas que establezca con los demás.


En terapia es común encontrarse con demandas de familias que acuden justamente en los procesos de difereciación del hijo, en que se generan problemas con los padres al romperse las expectativas proyectadas en él. Es importante en estos casos entender la necesidad de diferenciación como una tendencia evolutiva necesaria en todo hijo, que además de necesitar la pertenencia en su familia nuclear y grupo de iguales, también necesita explorar su identidad y sentirse único más allá de los otros.


Sin embargo, es frecuente que en las familias se aniden ideas relacionadas con cómo tienen que ser los hijos, confiriéndoles la trampa de pretender que sean una prolongación de sus propias creencias e ideales, sin promover que ellos construyan las suyas y ser igualmente válidas. Esto no hace más que entorpecer el crecimiento sano y auntónomo de los hijos.


Se habla mucho del destete de los hijos y considero que también es importante que los padres tomemos consciencia de que tenemos que destetarnos de nuestros hijos para permitir que desarrollen sus especificidades y construyan su yo legítimo y único.


A toda persona le pertenece una idiosincrasia y es el mejor regalo que un padre puede hacer a sus hijos: permitir que cada persona explore sus características para que se desarrollen desde un yo auténtico. De hecho muchas patologías aparecen cuando el mensaje que se percibe implícitamente en el seno familiar gira entorno a "solo te puedo querer si eres como yo quiero que seas", pues no hay mayor aniquilación del propio yo que tener que construirte en base a criterios externos para abastecerte de tu necesidad de pertenencia.


Y lo peor de todo es que estos mensajes suelen ser muy sutiles, difícilmente se perciben de forma consciente y explícita, pueden ir desde ignorar las elecciones y preferencias del hijo, menospreciar sus deseos o gustos desde la búsqueda de inconvenientes, ridiculizar desde la broma otras opiniones diferentes a la que se comparten en la familia, influir en sus gustos intentándole convencer de tus criterios, hacer sentir que él es tu único motor en la vida (con la consiguiente carga que ello supone al sentir que eres el responsable de la felicidad o infelicidad de tus padres)... Y son el caldo de cultivo de aquellas personas que tienen dificultades para definirse, para confiar en sus propias capacidades o descubrir quiénes son y qué sienten por sí mismos.


Por ello el objetivo de la terapia es caminar junto al cliente para crear un contexto en que se da el permiso para existir y ser uno mismo, sin conducir al cliente a ningún destino porque eso implica enajenarlo de su libertad y responsabilidad a la hora de trazar el rumbo de su vida.


El acompañamiento del terapeuta favorece que el cliente explore y busque dentro de sí mismo la trayectoria que quiere iniciar, porque sólo así podrá ser generador de cambio auténtico, potenciando su legitimidad para ser y sentir.


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