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  • Sílvia Pérez

Apatía y Desídia





Al creer apasionadamente en algo que todavía no existe, lo creamos. Lo inexistente es lo que no hemos deseado lo suficiente (Franz Kafka)

La DESÍDIA es un mal que últimamente se instala en la vida de muchos de los que acuden a mi consulta. Es curioso saber cómo la palabra deseo y desídia proceden del mismo término latín 'desidere'. Por una parte el deseo se traduce como la añoranza por lo que se perdió y por otra la desidia se define como el hecho de abandonar el puesto que se tenía. De esta manera la desidia se asoia a la falta de cuidado y aplicación, es decir, a tomar una posición inactiva.

Inicialmente, cuando la desidia aparece de forma temporal tras una sobrecarga de estrés o un acontecimiento doloroso, puede tener la función de facilitar un repliegue hacia uno mismo con tal de detenerse, digerir y elaborar lo acontecido. Pero hay que cuidar que no derive en un periodo de mayor duración pues mantenerse en la desidia puede llegar a ser muy nocivo para uno mismo. El alimento de la desidia (o la falta de deseo) suele ser el miedo y el conformismo, y cuando uno se deja dominar por estos dos ingredientes corre el peligro de acabar renunciando a su propio potencial y hasta dejar de liderar su vida.

Por ello es importante ser conscientes que no somos víctimas pasivas de nuestras circunstancias. Como dice Carl Rogers, el mayor poder que tenemos en la vida es el poder sobre nosotros mismos. Y para ello tenemos que ser lo suficientemente valientes como para conectar con nuestra esencia, volver a confiar en nuestras capacidades y promover pequeños cambios que nos hagan romper con la 'comodidad' y volver a cultivar todas nuestras cualidades.

La vida sin deseo es abandono en su acepción más amplia. Y el cambio empieza en la medida que nos responsabilizamos de nosotros mismos y de cada una de las múltiples decisiones que tomamos a diario. Cada día nos encontramos con muchas opciones en las que nosotros acabamos eligiendo un camino u otro: me levanto antes y desayuno tranquilamente fuera de casa o me quedo durmiendo y voy más descansado, cojo el coche o voy en transporte público, me encierro en mi despacho o busco compartir algunos temas con los compañeros, subo las escaleras o cojo el ascensor, me preparo algo que me apetezca para comer o cojo cualquier cosa mientras acabo tareas pendientes, llamo a un amigo o me voy directamente a casa, etc. Cada una de nuestras decisiones nos llevan a vivir el día (y la vida) de una determinada manera. Y la clave está en la coherencia entre las decisiones que tomas y la vida que quieres llevar.

Para vivir hay que desear, pero no me refiero a un deseo hedonista e inmediato. Me refiero a un deseo ligado a las motivaciones que cada uno tiene de forma intrínseca sobre quién quiere ser, que tipo de estilo de vida quiere llevar y qué es lo que le hace sentir bien consigo mismo. Quizás la inmediatez nos hace tomar decisiones centradas en la comodidad a corto plazo, pero hay que contar con que la inmediatez no suele ser congruente con los proyectos a medio o largo plazo. Por eso, si deseamos suficiente y con coherencia a nuestras metas cercanas, vamos a poder generar los ajustes necesarios en nuestro funcionamiento como para estar en sintonía con el futuro que queremos dibujar para nosotros.

Y la mayor gratificación llega aparece al llegar la noche, al revisar nuestras acciones y conectar con la sensación de satisfacción con nosotros mismos por ser y hacer en coherencia a nuestros deseos.

Somos los creadores de nuestro presente y hasta de nuestro destino, así que... ¿creamos?


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