• Sílvia Pérez

ACEPTACIÓN



¿Cuántas veces te ha pasado que ves en el otro grandes y hermosas cualidades que él mismo no percibe o incluso desprecia? ¿Cuántas veces te ha pasado que el otro ve en ti que eres una persona llena de capacidades y sin embargo tú te sientes incapaz? Lamentablemente este tipo de vivencias es algo que observo a menudo en terapia. Hay veces que no nos tratamos bien, nos exigimos mucho y no nos aceptamos tal como somos. Hay que saber cuándo aflojar, cultivar la propia aceptación y perdonarnos por la condena absurda e insaciable de pretender ser perfectos .

Si por un instante pudiéramos cambiarnos los ojos con el otro para que se viera a través de nuestra mirada, se haría evidente la exigencia desmesurada que a veces cargamos a nuestra espalda y que nos hace tener una percepción distorsionada de nosotros mismos. Si el otro se viera a través de nuestros ojos podría sentir por unos minutos este aprecio auténtico, proporcionado y compasivo. Sería algo reparador.

Por suerte muchos tomáis consciencia de ello y es el primer paso para poder ponerle remedio y empezar a miraros con menos juicio y desde una ACEPTACIÓN incondicional. ¡Y para muestra de ello, un botón! A continuación comparto con vosotros una carta de alguien que ha hecho un proceso de terapia y que se pide perdón a sí misma por la severidad con la que se trata. Os invito a leerla y a escribir la vuestra si así lo consideráis.

Querida YO,

Quiero reconciliarme contigo. Eres una persona bella, auténtica, llena de luz. NO sé por qué a veces te trato así de mal. NO quiero seguir haciéndotelo. NO te lo mereces. Sé lo mucho que te esfuerzas para dejar atrás el dolor del pasado, para sanar tus heridas y avanzar más ligera de equipaje y con la misma ilusión para con la vida como la que tenías de niña. Esa energía constructiva, esas ganas de expandir la belleza del mundo y de las personas. Es tu esencia. La recuerdo en tu mirada y en tu hacer de niña. Y la reconozco en tus entrañas hoy. Y creo que es algo hermoso. Muy hermoso para empañarlo con este castigo que ya no tiene sentido.

Yo también estoy aprendiendo a amar. A amar bien. Como tú haces. Por eso creo que eres tú la primera a la que debo un perdón. Te pido perdón por no saber amarte mejor a veces y por infligirte tanta exigencia. Ya eres lo suficientemente buena para sentirte válida y satisfecha contigo. Y no dejo que te relajes ni aún cuando has superado tanto. Siento que eres una MUJER espléndida. Cargada de luz. Has demostrado de sobras todo lo capaz que eres en todas las facetas de tu vida. Ya es hora que te permita disfrutar de ti y de la vida sin tantas condiciones.

Lamento cuando todavía conecto con el miedo y entonces busco control siendo tan dura contigo. Sé que esta disciplina que te inflinjo no es sana. Tú eres bella y querible con todas las formas, con todos los matices, con todas tus limitaciones, con todos tus aciertos y tus desatinos.

Suficiente has sufrido como para que ahora, que ya eres una persona consciente y cada vez más consistente, siga consintiendo este trato hacia ti.

Yo que cada vez te entiendo más, que cada vez te quiero más, que cada vez creo más en tu destreza para desarrollarte y evolucionar, que cada vez tengo más fe en lo que la vida nos tiene preparado. Lo siento. Siento cuando hay veces que no sé mostrártelo. Cada latigazo que vuelve a escaparse de mis manos me duele más. Son tantos años así que me cuesta romper el hábito del todo.

Esta disciplina que tanto te exijo es precisamente la que tengo que asumir yo. Sin fisuras, de forma severa y contundente. Haciéndome responsable de forma minuciosa de este nuevo encargo de cuidarte, de bientratarte, de mostrarte mi AMOR de forma sana y comprometida. Me lo tengo que tomar bien en serio. Sé de mi fuerza de voluntad cuando me planteo algo, así que sé que puedo hacerlo.

Ayer te hice mucho daño de nuevo y mientras lo hacía sentía que había llegado al límite de lo atroz y de lo absurdo. Basta ya. No puedo hacerte más esto. Ya tienes que andar ligera, libre, autónoma, en confianza y amor por ser quien eres.

Me comprometo a no pedirte que seas un escaparate que esté a la altura de todo y para gustar a todos, a no exigirte un sacrificio desproporcionado con tu trabajo, con tu marido, con tus hijos, con tus padres, con tus amigos. Me comprometo a ayudarte a ser más compasiva con los que te quieren, a dejarte amar y arropar, a mostrarte que ya no hay peligros que amenacen tu existencia, a hacerte sentir que estás a salvo y que ya no necesitas defenderte de cosas nimias que hablan de los otros y no de ti. Me comprometo a dejarte disfrutar de lo que te ofrece la vida de forma laxa, espontánea y libre de condiciones.

Me comprometo a quererte bien.


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