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  • Sílvia Pérez

Alzheimer



Hace escasos días me llegó la triste noticia de que mi tío de tan sólo 59 años tenía Alzheimer. Llevaba meses escribiéndole y no tenía respuesta. Estará muy ocupado, pensaba. Pero en ningún caso imaginé que la causa de su silencio era una enfermedad.

Tuve el gusto de irlo a ver el pasado jueves. Tenía la esperanza que en tan poco tiempo los cambios serían sutiles, pero la evidencia se imponía a medida que conversábamos. Eso sí, su abrazo al verme fue el mismo de siempre.

Hay algo que cuesta horrores digerir; Cuando tu recuerdo recupera con todo lujo de detalles la última vez que lo viste y vuelves al presente, a la escena actual en que lo tienes enfrente y por mucho que te resistas te encuentras que no es el mismo. O lo es, pero sólo de forma intermitente. Aparece y se va. Como un enchufe al que le cuesta hacer contacto. Y de repente encaja en la clavija y emana luz. SU LUZ. La expresión de su cara recupera la viveza, la mirada nuevamente se fija en la tuya, el timbre de voz se torna firme y nos ofrece destellos de su esencia, con su inconfundible humor cínico que tanto lo caracteriza y una exquisita sensibilidad que conmueve a cualquiera. Cuando eso pasa, saboreo el momento con todos mis sentidos. Vuelve a SER él. No importa lo efímero de ese encuentro. Es auténtico y me encargaré de hacer perdurar en mí cada uno de esos matices, reproduciéndolos una y otra vez.

Es curioso como hay personas que aunque no veas a menudo se ganan un rincón de tu corazón para siempre. Él lo hizo desde que yo era pequeña. Su amor era honesto. No hizo falta nada más, sólo su interés genuino por mí que siempre se antepuso a todo el resto. Todos los que le conocemos tenemos el lujo de disfrutar de su naturalidad, de su cercanía y ternura.

No deja de impactarme la crudeza de una situación así. Dicen que es demasiado joven para padecer Alzheimer. Y lo es. Y aunque no fuera demasiado joven, para mí siempre sería demasiado todo. No estamos preparados para tener que afrontar la pérdida gradual de alguien a quien tanto quieres. Pero estos signos inevitablemente te obligan a prepararte. Y aunque empiezo a despedirme, me encargaré que su esencia se mantenga viva en mí y entre los que tenemos la suerte de conocerlo.

Al marcharme me dio otro abrazo. También fue el mismo de siempre.


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