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  • Sílvia Pérez

Pedimos a los demás aquello que nosotros no nos damos


El patrón de la relación que establecemos con nuestros padres en la infancia puede perpetuarse si no ponemos conciencia en identificarlo y cambiarlo. Es común que el vínculo que se generó con nuestros padres y el tipo de apego que recibimos como hijos, tienda a replicarse estableciendo un patrón similar en la etapa adulta con otras figuras significativas, especialmente con la pareja.

Con la afirmación "pedimos a los demás aquello que nosotros no nos damos" entendemos que la importancia reside en tomar conciencia de aquellas resonancias de nuestra historia que se convierten en demandas o reproches que volcamos en los otros, y asumir la responsabilidad como adultos que sólo nosotros podemos saciarlas en la medida que nos hacemos cargo de ello y nos ofrecemos en este momento aquello que en su día probablemente no tuvimos y necesitamos.

A continuación os dejo con una entrevista a Pilar Arlándiz de La Contra de La Vanguardia que habla sobre ello.


¿La relación que establecemos con nuestros padres en la infancia, ¿se perpetúa? Sí, se mantiene en la adultez. Continuamos necesitando la aprobación y su complicidad a lo largo de toda nuestra vida. ¿Y si ellos desaparecen? La buscarems entre los que nos rodean, especialmente en la pareja. ¿Seguimos actuando como niños? En el peor de los casos, mantenemos las frustraciones, la rabia, la soledad o la impotencia que en algún momento sentimos. Somos presa de una relación que se gestó en la infancia y que no se ha podido cambiar. Pero ¿es reversible? Por supuesto. La observación de como nos relacionamos con la pareja, los hijos o los amigos, nos da el material sobre el que trabajar para el cambio. ¿Qué hacemos con la culpa? Repetirnos aquello que nos decíamos en la infancia: "no lo haré más", y no regodearnos en ella. La culpa exige protagonismo, hay que quitárselo y dárselo a la nueva acción de cambio. ¿La culpa perpetúa actitudes? Sí, y eso nos lleva a la importancia del perdón, algo que es esencial transmitir a nuestros hijos. El perdón nos da una nueva oportunidad para hacerlo diferente y no quedarnos atrapados en aquello que hicimos mal. Mis carencias, ¿serán las carencias de mis hijos? Acoplamos lo aprendido a quienes somos, por eso es tan importante preguntarnos qué relación queremos construir con nuestros hijos teniendo en cuenta que la crianza no es algo que se acabe con la niñez, sino que dura toda la vida.

¿Nunca se ha dicho usted estoy actuando como mi madre? Alguna vez. Nos han transmitido cosas muy positivas, pero habrá otras que queremos cambiar y que, aunque sutiles son fundamentales, por ejemplo, el tono de voz que utilizamos con nuestros hijos. Preguntémonos qué ocurriría si nuestro hijo lo utilizara con nosotros. Acabarán utilizandolo. Solemos pedir a los demás aquello que nosotros no nos damos ni damos. Y a menudo eso que no nos gusta de nosotros lo vemos reflejado en el otro, y es lo que más nos irrita del otro. ¿Cuál es la base para poder construir una relación sana con nuestros hijos? A través del acompañamiento y no de la defensa, del "¡Pero tú qué te has creído!". Hay que observar cómo vivimos el NO de nuestros hijos; si lo vivimos como un desafío, sentiremos la necesidad de defendernos. ¿Qué propone ante un "no me quiero duchar" o ante un "no quiero estudiar"? Comprender que le dé pereza y argumentar. Entender la emoción del otro evita que vivamos esa situación desde el enfrentamiento, pero eso no significa claudicar, sino acompañar en el aprendizaje. En las familias se discute. Muchas de las disputas suelen ser una escalada: yo te digo, tú me dices, y respondo, y va subiendo el tono. Si podemno subirnos a este carro, si somos conscientes de que lo que hay detrás de esa escalada es dolor y somos capaces de aplazar esa conversación para otro momento, nos ahorraremos mucho desgaste. Resulta curioso que aquello que detestabas que te hicieran tus padres, es lo que acabas haciendo a tus hijos. Son las respuestas emocionales que hemos aprendido. La interrogación propia debe ser constante; si no, se actúa automáticamente. ¿Cuáles son las preguntas esenciales? De qué tipo de crianza vengo, qué tipo de relación tengo con mis padres, y qué quiero transmitir a mis hijos. Y hay que olvidar las comparaciones negativas: "Tienes el mal genio de tu padre". Esas frases marcan mucho más de lo que nos imaginamos. ¿En qué debe sustentarse la relación con los hijos? Los cuatro pilares esenciales son el amor, la seguridad, la confianza y el respeto. Y cuando hablo de amor me refiero al físico (caricias, abrazos, besos) y al verbal (reconocimiento, valoración) Un "te quiero" frío es bastante inútil. Si nuestro rostro refleja enfado, el "te quiero" no llega. El amor no puede ser de quita y pon: "Ahora déjame, ahora no te quiero, estoy enfadada". En cuanto a la seguridad, nada produce más inseguridad que el "no pasa nada" cuando algo grave está pasando. El niño lo percibe. Sí, y lo que estamos transmitiendo es que no puede confiar en lo que él siente. La seguridad es transmitir que podemos hacer cosas incluso en los momentos más complejos. La confianza se construye desde la escucha, no desde la falta de límites. Y si queremos que sea un adulto que se respete a sí mismo y a los demás, debemos respetarle. Calma y conciencia. Esos cuatro pilares primero hay que dárselos a uno mismo, sólo así puede emerger la conciencia, es decir, el grito que se transforma en respiración, la ira en paseo, en una conversación aplazada. Hay que ir modificando las propias actitudes que no nos gustan e ir adquiriendo nuevas habilidades.


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