• Sílvia Pérez

El enamoramiento y el amor en el ciclo vital de la pareja


Ultimamente me ha llegado diversas consultas de pacientes acerca de lo que se entiende por amor en la pareja: ¿es normal que no sienta lo mismo que antes? ¿debería sentir más si acabamos de empezar? ¿es normal caer en rutina tan pronto? ¿si ya no me apetece estar tanto con él, será que no siento lo suficiente? ¿lo que siento con mi pareja lo puedo sentir igual con otra persona?

Partiendo que son cuestiones que se deben abordar de forma individualizada ya que, según el perfil de cada uno, pueden responder a factores de fondo diversos, está claro que hay muchos mitos sobre el amor y que existe cierta confusión acerca de lo que es esperable en una relación de pareja. Para empezar a esclarecer estas dudas, es importante tener en cuenta que la comprensión de las complejidades de la dinámica relacional en la pareja exige la introducción de una perspectiva evolutiva, ya que dentro del ciclo vital de la pareja se dan distintas etapas donde la intensidad emocional y la gestión de los componentes cognitivos, emocionales y pragmáticos del amor varían.

Por ello y aprovechando que hoy coincide que es 'El día de los enamorados', el artículo que comparto con vosotros va dirigido a clarificar algunos de estos aspectos. Para ello me he apoyado en los planteamientos que hace el doctor J. L. Linares sobre el tema y que a continuación se detallan.


¿QUÉ SE ENTIENDE POR ENAMORAMIENTO Y AMOR?

Por enamoramiento entendemos un estado psico-relacional que conjuga alegría con deseo, excitación y una sensación de bienestar, todo ello en presencia de la persona que lo provoca o evocado por su representación mental. Como fenómeno psicológico, está teñido fundamentalmente de emociones positivas, aunque la amenaza de la pérdida, y más aún su materialización, puede generar afectos negativos de gran destructividad, como agresividad o depresión. En tanto que fenómeno relacional, suele presentarse en los primeros momentos del ciclo vital de la pareja, aunque existen excepciones de enamoramientos tardíos de relaciones preexistentes. Algunas descripciones enfatizan los aspectos físicos, que pueden incluir el aumento de la frecuencia cardíaca y respiratoria o del tono muscular, la rubefacción, etc.

El amor propiamente dicho es la etapa de plenitud y madurez de la relación de pareja, en la que ésta se consolida y se hace compatible con la vida en sociedad y con las actividades creativas. Una prolongación excesiva del enamoramiento no permitiría mucho más que la consagración en cuerpo y alma al ser amado, por no hablar del obstáculo que supondría para el ejercicio de la parentalidad. Por eso es comprensible que las tormentas emocionales cedan el paso a un predominio de los componentes cognitivos del amor (el pensar amoroso).

LA EVOLUCIÓN DEL PENSAR AMOROSO

El reconocimiento

Es un componente cognitivo del amor complejo que implica la aceptación, en términos relacionales, de la existencia del otro. Es difícil de definir y de entender, porque, en el contexto de la pareja (y aún más en el de la familia de origen), parece que la existencia del otro se imponga por sí sola. ¿Cómo no voy a aceptar la existencia de alguien a quien he elegido para acompañarme en la vida, con quien hago el amor y con quien tengo hijos? Y, efectivamente, ese reconocimiento de la existencia física del otro es obvia y no plantea mayores problemas. Pero, a nivel relacional, la existencia del otro comporta una plena autonomía, con sus propias necesidades distintas de las mías, cuyo reconocimiento resulta imprescindible como ingrediente cognitivo del amor complejo. El reconocimiento supone la confirmación del otro, y por eso su ausencia o fracaso recibe el nombre de desconfirmación.

En la etapa del enamoramiento, la conciencia está talmente polarizada en el ser amado, que se produce un verdadero exceso de reconocimiento o híper-confirmación. El lenguaje popular posee expresiones altamente significativas de esta situación, como “sólo veo por sus ojos” o “no existe otra persona que él o ella”, que ponen de manifiesto una inversión de la relación con el otro que llega a la negación de sí mismo. En algunos casos extremos, este peculiar estado anímico equivale a una cierta locura de amor.

Calmados los excesos del enamoramiento, la etapa del amor permite la confirmación serena del otro, en una aceptación plena y equilibrada de su existencia relacional. Ya no hace falta que el resto del mundo desaparezca para que la persona del ser amado destaque sobre él en nuestra apreciación subjetiva.

La valoración

El otro gran componente cognitivo del amor complejo es la valoración, consistente en apreciar las cualidades del otro, aunque sean (o hasta precisamente porque sean) diferentes de las propias. En la pareja heterosexual estándar, el género es una primera fuente de valoración: me gusta su piel suave, tan distinta de la mía, o sus brazos musculosos, que yo no poseo. Y, sea cual sea el sesgo sexual de la pareja, el otro debe sentirse valorado si se pretende que se sienta amado. La ausencia de valoración recibe tradicionalmente en la literatura sistémica el nombre de descalificación.

En el enamoramiento, el difícil ejercicio de valorar al otro en sus cualidades y en su manera de ser se hipertrofia hasta alcanzar niveles de mitificación. El otro, idealizado, se convierte en un dechado de virtudes sin mezcla de defecto alguno.

Cuando se alcanza la calma amorosa, el balance de la valoración positiva se mantiene, aunque desaparezca el idealizado monolitismo previo.

LA EVOLUCIÓN DEL “SENTIR” AMOROSO

Los componentes emocionales del amor complejo pueden ser clasificados en dos grandes grupos: los correspondientes al estado afectivo de base, y las pasiones.

En el enamoramiento, predominan las pasiones de signo positivo, que, en su exaltación, tiñen el estado afectivo de base.

En el período de plenitud amorosa, las pasiones retroceden, limitando su presencia a algunos momentos ocasionales, mientras que el escenario afectivo básico está presidido por la ternura y el cariño. Son emociones serenas, que quizás no inspiran grandes gestas literarias, pero que garantizan un buen nivel de nutrición relacional.

LA EVOLUCIÓN DEL “HACER” AMOROSO

Los componentes pragmáticos del amor complejo de pareja que destacamos como más importantes son el deseo, el sexo y la gestión de la cotidianeidad. El deseo es la antesala del sexo, aunque a veces puede haber cierta disociación entre ellos, por lo que vale la pena considerarlos separadamente. En cuanto a la gestión de la cotidianeidad, siendo una cuestión aparentemente banal, posee un potencial definitorio de la relación conyugal insospechadamente grande. Una pareja puede arruinarse por el enconamiento de un desacuerdo sobre quién, cómo y cuándo debe fregar los platos. Y, por el contrario, un acuerdo en esos temas brinda un margen de maniobra extra que puede ayudar a amortiguar los conflictos de forma muy significativa.

En el enamoramiento el deseo suele ser acuciante, y su plena realización sexual conlleva experiencias de máximo placer, rayano en el éxtasis. Una pareja puede hacer el amor durante días, sin apenas más interrupciones que las imprescindibles para las necesidades primarias, y sin reparar en lo que sucede a su alrededor. En cuanto a la gestión de la vida cotidiana, la disponibilidad de ambos miembros suele ser total, produciéndose una entrega mutua solidaria de gran generosidad.

El amor estabilizado estabiliza también el deseo y el sexo. Lo contrario sería insostenible en términos evolutivos, puesto que, a plazo medio, resultaría incompatible con cualquier actividad productiva. Además, ése es el momento de negociar la gestión de la cotidianeidad, es decir, el reparto de las responsabilidades económicas y la distribución de las tareas domésticas.


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